Bajo un sucio mundo de mucho mechón y poca frente deformidades en aspirinas mezcladas con Albatros risueños hacen que un pícaro anarquismo, él montaraz y cartógrafo, construya con un pincel de saliva y artrosis, necesidad y placer cogidos de la mano por el camino de la vejez.
Parte 1 - Desde los distantes cirros En instinto me visto de bolinche por la en mis huesos aflicción siendo alérgico a la humedad de tempestades sine qua non. Ruedo alado, tuerto de brazos, por esas nubes que distante me hacen. A vista de águila os observo, que no admiro, entre rendijas cachondas de cúmulos esponjosos; y el tiempo apresado, funcional en su trabajo, muestra medio vizco un indigno legado. Parte 2 - Adaptados a la constante Los tantos contratiempos que carentes reñimos son éstos hojas de troncal que secos dejan de parirnos. Los podemos, firmes, añicar con tan solo cerrar el puño y moler hasta abortar arenillas del perturbado minutero tozudo; y soplar en nuestras manos festejando a despedida poética, como meollos en un arroyo de gracia seducidos por su fuerza magnética, erradicando en él nuestro ser y estar, para dejar de ser y para dejar de estar volviéndonos capaces en valentía de capar la endiablada ansiedad. Parte 3 - Somos nuestros problemas Ansia nuestra en sayó...
El pasillo es largo. Tanto que se perfila en forma de embudo; tanto que el macizo se torna borroso a mis ojos. Se oyen sus pasos. Fuertes, seguros y cada vez menos distantes. Se topa conmigo; a mis espaldas. Roza mis gemelos con su silla de ruedas de metal oxidado, viejo y cansado. Dice que le mire las piernas. Que viene de hacer alpinismo; que las tiene invencibles. Le respondo que no tiene. Me dice que sí. Que es a mí a quién le falta medio cuerpo. No veo sus tobillos. No los veo, pero juro haberle oído caminar.
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