El pasillo es largo. Tanto que se perfila en forma de embudo; tanto que el macizo se torna borroso a mis ojos. Se oyen sus pasos. Fuertes, seguros y cada vez menos distantes. Se topa conmigo; a mis espaldas. Roza mis gemelos con su silla de ruedas de metal oxidado, viejo y cansado. Dice que le mire las piernas. Que viene de hacer alpinismo; que las tiene invencibles. Le respondo que no tiene. Me dice que sí. Que es a mí a quién le falta medio cuerpo. No veo sus tobillos. No los veo, pero juro haberle oído caminar.
El hacedor de latidos al aflojar el anular y sus fieles compañeros, deja de tensar el arco y bajo plumaje encrespado una saeta de punta oxidada ya no es manecilla ni controla el tiempo de una agostada brocha que cuál cerilla usada se desintegra dejándose llevar desapareciendo por el viento; ese viento certero que nos arrastra siempre hacia el mismo lugar con sus ojos de deshecho.
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